¿Tú jefe es un impostor?

Sintomatología del síndrome del impostor: suele conocerse a este fenómeno, en psicología, como IS (Imposter Syndrome). Su causa radica en el desnivel que se da en un directivo o supervisor; por un lado, porque no sabe resolver los desafíos que demanda su puesto y por otro, la baja percepción de las capacidades que tiene.

En términos del conocido modelo de “Vroom”, las expectativas de éxito son percibidas como muy bajas, debido a la respuesta negativa que el directivo en cuestión, se da a la pregunta interior: "¿Seré capaz de desempeñar adecuadamente mi puesto de trabajo?".
Y es precisamente esta disonancia, entre su evaluación interior y su imagen externa, lo que le lleva a un manager aquejado de este síndrome a ocultar sus carencias y desconocimientos a sus equipos para no perder su prestigio y legitimidad.

Tres comportamientos típicos de éstos impostores:

  • Ocultar.
  • Simular. 
  • Vampirizar.
Como su meta es no ser descubierto en su inadecuación al cargo e incompetencia, todas sus conductas directivas serán, sobre todo reactivas, fruto de estar permanentemente a la defensiva, para no quedar en evidencia.

Pautas directivas de un impostor:

  • El jefe con éste síntoma, pasa más tiempo dedicado a cuidar su imagen que a aportar valor añadido a la empresa.
  • Delega las tareas más críticas, complejas y conflictivas, abdicando de ellas y endosándolas a sus sufridos colaboradores. Más que delegar, "abdica" en su gente.
  • Supervisa exasperadamente aquellas tareas rutinarias y de bajo impacto, para obtener visibilidad ante sus colaboradores y jefes
  • Sólo fomenta la participación de su equipo de trabajo en momentos de crisis, para pedir sugerencias. Si éstas son acertadas, él se cuelga la medalla de la solución, si no, culpa al que ofreció la alternativa, que cumple la función de “chivo expiatorio” de dicha crisis. Por eso resulta un falso el estilo 3 y es muy peligroso.
  • Vampiriza las emociones de sus colaboradores, además de absorber sus éxitos. Necesita sentirse adulado, y en sus conversaciones, solo se habla desde su "yo". No sabe escuchar y el vínculo emocional con sus colaboradores y se destina a alimentar su narcisismo infantil, cuya manifestación primaria es su elevada vanidad.
No nos extrañe, entonces, que estemos sumidos en una grave crisis, que viene en gran medida "desde arriba". 
Frente a la impostura y sus estragos, urge rehabilitar en la empresa un concepto aristocrático de la dirección: “la promoción de los mejores”.
 
Fuente: Diario Expansión.
 
 
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